Los malos corren más, pero en sueños pueden morir
Vivíamos aún en la casa vieja, y eso quiere decir que no había cumplido ni cinco años.
Lo que más miedo me daba era quedarme dormida: aparecía aquella gente cuyas piernas superaban mi altura y que corrían como condenad@s. Había uno que no, era bastante pequeñote y tenía un aire a Edgar G. Robinson, y mira que me ha enamorado siempre este hombre, pero a su sucedáneo le faltaba esa fascinación.
Corrían y reían, todavía no sé cómo se puede correr y reír de esa manera sin perder el aliento.
En el sueño no sabía por qué, pero la cosa no me gustaba un pelo.
Intentaba correr y lo hacía a cámara lenta: cuanto más lenta yo, más rápid@s ell@s.
Y cuando estaban a punto de darme alcance, todo mi cuerpo caía al vacío y los personajes se habían esfumado. Quedaba yo ahí, a oscuras y sin comprender cómo podía haber dos mundos delimitados por un salto, una caída, un grito...
Un perro.
El perro de un vecino, cuando jugaba con otro más agresivo, a modo de rendición se ponía flojo y panza arriba...
Estaba claro que algo había que hacer.
Quedarme en vela duraba cosa de cinco minutos. Enseguida les tenía aguardando.
Me decidí a esperar el sueño y programé la estrategia del perro.
Cuando llegaron, saqué mi única herramienta, como si blandiendo esa especie de bandera blanca les fuera a atravesar el alma.
Y oye, funcionó.
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